Crónicas del deshielo

El Nacional, Papel Literario, sábado 14 de agosto 2010

Lorena González I.

Hace un par de años, durante un curso sobre portafolios y statements para artistas que tuve la oportunidad de dictar en la Sala Cabrujas de Cultura Chacao, contemplé dentro de mi propuesta la invitación a creadores de distintas generaciones que pudieran mostrar su trabajo y compartir con los alumnos. Uno de estos invitados fue Rolando Peña. Recuerdo que en la introducción a su exposición comenzó enseñando una fotografía que catalogó como su primera performance: un niño de seis años con sonrisa retadora y camisa abierta que mostraba la fuerza de sus brazos en medio de u n paisaje tan bárbaro como agreste. Luego procedió a mostrarnos otra imagen del día en el que hizo la primera comunión y con la misma sonrisa batiente de años atrás, comentó: «Y ésta… fue mi segunda performance». Ese día pude apreciar a partir de qué peculiaridades la obra de Peña establece una conexión directa con lo que le rodea, siempre concentrada en las diversas variables con las cuales él, su sensibilidad, su humor, su pensamiento y su cuerpo se colocan frente al afuera, gestos que respiran de ese mismo bucolismo salvaje que envolvía el paradójico entorno de aquella fotografía primera. Ese día comprendí que para hablar de su trabajo artístico es necesario tomar en cuenta dos consideraciones especiales, a saber: él mismo y su contexto. 


 
En la controversial muestra Petróleo verde —inaugurada en el Centro Cultural Chacao a mediados del mes de julio y en exhibición hasta el 29 de agosto—, Peña reúne algo de todos estos elementos mencionados, a través de cuya prolífica y sostenida capacidad creadora se evidencian pertinentes denuncias contra las hegemonías, las verdades aparentes y los totalitarismos; riesgo que con este proyecto le ha hecho merecedor del Premio Guggenheim 2009 a las artes visuales. En la sala, la propuesta multimedia compuesta por los espejos multiplicadores, el resquebrajamiento de la estructura acuosa, la secuencia de imágenes y la reconstrucción in situ del deterioro global, se engranan mediante el uso de estrategias como el video, la performance, la fotografía, la Web, la animación digital y la instalación. En cada reflejo el artista intenta activar resonancias en el espectador, sonidos, simulacros y efectos mediante los cuales el mensaje físico se vuelve, a ratos, real.
 
Y la realidad llegó cuando tuvimos que confrontarnos con una reflexión interactiva que desde esa gran escultura de hielo destinada a disiparse durante los días sucesivos a la inauguración, direccionó la multiplicidad de medios utilizados por el Príncipe negro hacia los caminos de una gran performance donde los actores fuimos nosotros mismos. Sin saberlo, nos convertimos en parte de una acción y de un proyecto que envolvió a un grupo de trabajadores —desde el personal de mantenimiento hasta los gerentes, pasando por las instancias de legal, administración, programación, artes visuales, servicios generales y seguridad, entre otros. Todos, sin excepción, estuvimos día a día midiendo los avances de ese organismo vivo que evolucionaba en medio de la sala, impredecible en sus reacciones, inasible en sus resonancias… En medio del proceso vivimos filtraciones, pequeños deslaves, estruendosos levantamientos, placas de concreto condensadas, lluvias internas y gélidos días de trabajo en el espacio museográfico.
 
Poco a poco hemos estabilizado las condiciones necesarias para acompañar el proceso de carga de casi veinte panelas que pesan más de una tonelada, así como las sorpresas inevitables de su desvanecimiento posterior. Con esta estrategia física, Peña activó en el equipo del Centro Cultural Chacao una atención particular hacia ese lugar olvidado por nuestros contextos tropicales, hilvanando en el cuerpo y la conciencia de cada uno las emanaciones de una obra llena de metáforas formales y evidencias conceptuales en las que se revive el deterioro ecológico que produce el calentamiento global, junto a lo que este fenómeno comporta en la compleja situación del planeta Tierra.
 
Ahora mismo, mientras escribo este texto, un fuerte sonido a pocos metros de mi oficina me ha hecho interrumpir la escritura. El ruido lo ha producido el hielo, que como un gran monstruo escarchado se resquebraja sobre el contenedor que lo sostiene en sala. Los trozos caen inclementes y el agua salta sobre el vinil blanco del piso. De pronto todo se calma y regresa el silencio. Sin embargo, el movimiento impredecible nos mantiene siempre en suspenso, desconcertados frente a los desvaríos poéticos de esta pequeña pero contundente representación que se llama Petróleo verde, y que esperamos pueda incubar en todo el que la visite una reflexión dispuesta a intervenir sobre lo que de tal forma consume la durabilidad de nuestra civilización.

~ por makeoilgreen en 17/08/2010.

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